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Mensaje sin leerPublicado: Mar May 01, 2007 6:31 pm 
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Estaba en la wes del circulo haciendo el pedido y me he encontrado con ésto, yo aún no lo he leído, pero leyendo ésto... :love promete promete

El corazón

Las mujeres no llevaban medias. Sus rodillas anchas, abultadas, pulposas, subrayadas por el elástico de los calcetines, asomaban de vez en cuando bajo el borde de sus vestidos, que no eran vestidos, sino una especie de fundas de tela liviana, sin forma y sin solapas, a las que yo no sabría cómo llamar. Por eso me fijé en ellas, plantadas como árboles chatos en la descuidada hierba del cementerio, sin medias, sin botas, sin más abrigo que una chaqueta de lana gruesa que mantenían sujeta sobre el pecho con sus brazos cruzados.

Los hombres tampoco llevaban abrigo, pero se habían abrochado las chaquetas, también de punto y gruesas, más oscuras, para esconder las manos en los bolsillos de los pantalones. Se parecían entre sí tanto como las mujeres. Todos tenían la camisa abotonada hasta el cuello, la barba dura, recién afeitada, y el pelo muy corto. Algunos usaban boina, otros no, pero su postura era la misma, las piernas separadas, la cabeza muy tiesa, los pies firmes en el suelo, árboles como ellas, cortos y macizos, capaces de aguantar calamidades, muy viejos y muy fuertes a la vez.

Mi padre también despreciaba el frío, y a los frioleros. Lo recordé en aquel momento, mientras el viento helado de la sierra, un poco de aire habría dicho él, me cortaba la cara con un cuchillo horizontal, afiladísimo. A principios de marzo, el sol sabe engañar, fingirse más maduro, más caliente en las últimas mañanas del invierno, cuando el cielo parece una fotografía de sí mismo, un azul tan intenso como si un niño pequeño lo hubiera retocado con un lápiz de cera, el cielo ideal, limpio, profundo, transparente, las montañas al fondo, los picos aún enjoyados de nieve y algunas nubes pálidas deshilachándose muy despacio, para afirmar con su indolencia la perfección de un espejismo de la primavera. Qué buen día hace, habría dicho mi padre, pero yo tenía frío, el viento helado me cortaba la cara y la humedad del suelo traspasaba la suela de mis botas, la lana de mis calcetines, la frágil barrera de la piel, para congelar los huesos de mis dedos, mis plantas, mis tobillos. Tendríais que haber estado en Rusia, en Polonia, nos decía él cuando éramos pequeños y nos quejábamos del frío que hacía en su pueblo en mañanas como ésta, esos domingos de invierno en los que el cielo más bello del mundo elige amanecer en Madrid. Tendríais que haber estado en Rusia, en Polonia, lo recordé entonces, mientras contemplaba el desprecio del frío en la firmeza de aquellos hombres a los que él podría haberse parecido, tendríais que haber estado en Rusia, en Polonia, y la voz de mi madre, Julio, por favor, no les digas esas cosas a los niños...

–¿Estás bien, Álvaro?

Escuché primero la voz de mi mujer, luego sentí la presión de sus dedos, el tacto de una mano que buscaba la mía dentro del bolsillo del abrigo. Mai me miraba con los ojos muy abiertos y una sonrisa indecisa, la expresión de una persona inteligente que sabe que nunca encontrará la manera de consolar a nadie frente a la devastadora hazaña de la muerte. Tenía la punta de la nariz colorada, y su pelo castaño, de costumbre liso, apacible, batía sobre su cara como si el viento lo hubiera vuelto loco.

–Sí –le confirmé enseguida–, estoy bien.

Luego apreté sus dedos con los míos hasta que volvió a dejarme solo sin apartarse un centímetro de mi lado.

No existe consuelo frente a la muerte, pero a él le habría gustado que le enterraran en una mañana como ésta, tan parecida a aquellas que escogía para montarnos a todos en el coche y llevarnos a Torrelodones a comer. Qué buen día hace, mirad ese cielo, qué limpia está la sierra, se ve hasta Navacerrada, qué mañana tan buena, este aire revive a un muerto, qué suerte hemos tenido... A mi madre, aunque de pequeña hubiera veraneado en aquel pueblo, aunque hubiera conocido a su marido allí, no le gustaban esas excursiones. A mí tampoco, pero a todos nos gustaba él, su fuerza, su entusiasmo, su alegría, y por eso sonreíamos y hasta cantábamos por el camino, ahora que vamos despacio vamos a contar mentiras, tralará, hasta que llegábamos a Torrelodones, ese pueblo tan raro que primero parecía una urbanización y luego una estación de tren rodeada por unas pocas casas. ¿A que no sabéis por qué se llama así? Claro que lo sabíamos, la torre de los lodones, esa miniatura de fortaleza, como un castillo de juguete, que se eleva sobre un cerro junto a la carretera, pero él nos lo explicaba en cada viaje, es una torre antiquísima, los lodones eran como los visigodos, para que os hagáis una idea... Mi padre siempre decía que no le gustaba su pueblo, pero le gustaba llevarnos allí, enseñarnos los montes, los cerros, los prados donde cuidaba las ovejas con su padre cuando era niño, y pasear por las calles saludando a los paisanos para contarnos luego y siempre la misma historia, ése era Anselmo, su abuelo era primo hermano del mío, aquella señora se llama Amada, y la que va con ella es Encarnita, son íntimas amigas, desde pequeñas, ese hombre de ahí, Paco se llama, tenía un genio malísimo, pero mis amigos y yo íbamos a robar fruta a su huerta cada dos por tres...

Paco, que al menor ruido salía de casa con una escopeta de perdigones que nunca disparó contra los pequeños ladrones que le esquilmaban las higueras, los cerezos, era mucho mayor que mi padre y debía de haber muerto antes que él, pero Anselmo había venido a su entierro, y Encarnita también. Los reconocí bajo la máscara seca que la vejez había adherido a sus rostros verdaderos, las caras más redondas, más amables, que habían sonreído a mis ojos de niño. Habían pasado muchos años, más de veinte, desde que el irresistible esplendor de un cielo de domingo nos llevó a comer a Torrelodones por última vez, y yo no había vuelto después. Por eso me impresionó tanto la imagen de aquellos ancianos, por los que el tiempo había pasado más deprisa y más despacio hasta desembarcarlos en una vejez diferente, tan distinta de la vejez de mi padre, que podría haber sido igual que ellos y al final de su vida se les parecía menos que nunca. Tal vez cualquier otro día, en otra situación, en otro entierro, ni siquiera habría distinguido sus caras en la masa oscura y uniforme de sus cuerpos agrupados, pero aquella mañana soleada y triste, azul y helada, los estudié uno por uno, una por una, la reciedumbre vegetal de sus troncos, sus piernas cortas y macizas, la tiesura espontánea, casi arrogante, de sus hombros viejos pero no decrépitos, y el color de su piel, marrón, opaca, curtida por el sol de la sierra, que estalla hacia dentro y quema sin dorar. Las arrugas verticales, profundas, largas como cicatrices, surcaban sus mejillas de arriba abajo, pero no elaboraban complejas telarañas de hilos finos al borde de los ojos. Allí también eran pocas, hondas, decididas, propias de un rostro tallado con un cuchillo, la herramienta del tiempo escultor que había escogido un buril más fino, quizás también más impío, para trabajar en la cabeza de mi padre.

Julio Carrión González nació en una casa de Torrelodones, pero murió en un hospital de Madrid, con la piel muy blanca, una hija médico intensivista en la cabecera de su cama, y todos los cables, todos los monitores, todos los aparatos del mundo alrededor. En algún momento, mucho antes de engendrarme, su vida empezó a divergir de la de aquellos hombres, aquellas mujeres, entre los que había crecido y que le habían sobrevivido, esos vecinos del pueblo que habían venido a su entierro como si vinieran de otro tiempo, de otro mundo, de un país antiguo que ya no existía, que yo había conocido y sin embargo no era capaz de recordar. Todo había cambiado también para ellos, yo lo sabía. Sabía que si llegaban a tiempo, si tenían a alguien cerca con un coche o un teléfono y la capacidad de pensar deprisa, ellos también morirían rodeados de cables, de monitores, de aparatos. Sabía que la costumbre de salir de casa sin abrigo, sin medias, sin bolso, en zapatillas, no tenía por qué estar relacionada con el saldo de sus cuentas corrientes, que engordaban desde hacía años gracias al éxodo sistemático de madrileños que eligen abandonar la ciudad, y pagan cualquier precio por un prado que antes apenas daba de sí para alimentar a una docena de ovejas. Lo sabía, y sin embargo vi en sus caras morenas, en sus cuerpos arbóreos, en la pana desgastada de sus pantalones y el pitillo que algunos sujetaban entre los labios como un desafío, una imagen antigua de pobreza profunda, una imagen cruel de España en las rodillas desnudas de esas mujeres que apenas se protegían del frío con una chaqueta de lana que sujetaban sobre el pecho con los brazos cruzados.

Al otro lado estaba su familia, los elegantes frutos de su prosperidad, su viuda, sus hijos, sus nietos, algunos de sus socios y las viudas de otros, unos pocos amigos escogidos, habitantes de mi ciudad, de mi país, del mundo al que yo pertenecía. No éramos muchos. Mi madre nos había pedido por favor que no avisáramos a nadie. Al fin y al cabo, Torrelodones no es Madrid, nos dijo, a mucha gente no le vendrá bien desplazarse... Todos entendimos que prefería enfrentarse a los conocidos en el funeral, y todos habíamos respetado sus deseos, así que no éramos muchos, yo no había avisado a mis suegros ni a los hermanos de mi mujer, ni siquiera a Fernando Cisneros, que era mi mejor amigo desde que los dos empezamos la carrera juntos. No éramos muchos, pero no esperábamos a nadie más.

A mí no me gustan los entierros, ellos lo saben. No me gusta el gesto indiferente de los sepultureros que adoptan una expresión de condolencia artificial y previsible, tan humana, cuando su mirada se tropieza con la de los deudos. No me gusta el ruido de las palas, ni la brutalidad del ataúd rozando las paredes de la fosa, ni la silenciosa docilidad de las sogas al deslizarse, ni la liturgia de los puñados de tierra y las rosas solitarias, ni esa sintaxis pomposa, fraudulenta, de los responsos. No me gusta el ritual macabro de esa ceremonia que siempre acaba siendo tan breve, tan trivial, tan inconcebiblemente soportable, todos lo saben. Por eso estaba solo, lejos, con Mai al lado, separado de los míos y de los otros, tan lejos de los abrigos de pieles como de las chaquetas de lana y casi a salvo del ronroneo del cura que mi familia se había traído de Madrid, el padre Aizpuru, del que mi madre decía que había llevado a sus hijos por el buen camino, al que mis hermanos mayores seguían tratando con la misma reverencia ñoña e infantil que él mismo cultivaba cuando arbitraba los partidos de fútbol en el patio del colegio, y que a mí nunca me había caído bien, porque también había sido mi tutor en el último curso del bachillerato y me había obligado a hacer gimnasia en el patio, desnudo de cintura para arriba, en las mañanas más frías del invierno.

¿Qué sois, hombres o niñas? Otra imagen de España, él llevaba la sotana cerrada hasta el último botón y yo tiritaba como un cordero recién esquilado mientras caía una lluvia que parecía nieve, millones de gotas mínimas, ingrávidas, ignorantes de las recompensas de la virilidad humana, que desarrollaban una pauta peculiar al estrellarse contra mi cuerpo, y primero helaban, y luego me quemaban la piel enrojecida al ritmo de sus palmadas. ¿Qué sois, hombres o niñas? Yo nunca contestaba con entusiasmo a esa pregunta, ¡hombres!, porque en mi cabeza sólo cabía una idea, una frase, tres palabras, serás cabrón, Aizpuru, serás cabrón, y me vengaba como el tonto más ingenuo que jamás ha cumplido dieciséis años, quedándome callado en la misa de los viernes, sin rezar, sin cantar, sin arrodillarme, jódete, Aizpuru, que por tu culpa he perdido la fe. Hasta que él llamó a mi madre, la citó en el colegio después de clase, habló mucho tiempo con ella, le pidió que me vigilara. Alvarito no es como sus hermanos, le dijo, es más sensible, más conflictivo, más débil. Un buen chaval, estudioso, responsable, sí, inteligente, hasta demasiado inteligente para su edad, por eso me preocupa. Los chicos como él pueden torcerse, por eso creo que conviene que le vigilen, que le estimulen un poco.

Y aquella noche, mamá se sentó en el borde de mi cama, me peinó con los dedos, y sin mirarme a los ojos, me dijo, Álvaro, hijo, a ti te gustan las chicas, ¿verdad? Sí, mamá, le contesté, me gustan mucho. Ella suspiró, me besó, salió de la habitación, nunca volvió a interrogarme sobre mis gustos y jamás le contó a mi padre una palabra de su conversación con mi tutor. Yo acabé el curso con buenas notas y una imperturbable sintonía en la cabeza, serás cabrón, Aizpuru, serás cabrón, sin sospechar que muchos años después comprendería que era él, y no yo, quien tenía razón.

Álvaro, hijo, ya que no te ha dado la gana de ponerte un traje y una corbata, sé cariñoso por lo menos con el padre Aizpuru, te lo pido por favor... Eso era lo único que me había pedido mi madre aquella mañana, y yo me había adelantado a darle la mano antes que nadie para que la frialdad de mi bienvenida fuera compensada de inmediato por los aspavientos de mi hermano Rafa, de mi hermano Julio, hombres y no niñas que se abandonaron en los brazos de aquel anciano gordo que les acariciaba la cabeza, y les besaba en las mejillas, y les arrugaba las solapas, babeando todos, llorando a la vez. Fraternidad marista, amor filial, yo tengo dos mamás, una en la tierra y otra en el cielo. Una mariconada, bien pensado. Intenté comentárselo a mi mujer y me pegó un pisotón. Mi madre de la tierra, que me dirigió la última mirada de alarma en el vestíbulo de su casa, debía de haber hablado con ella, y mi padre acababa de morir, íbamos a enterrarlo, todos teníamos bastante y su viuda más que ninguno, así que hice todo lo que se suponía que tenía que hacer, todo excepto acercarme a la fosa.

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 Asunto: Re: Almudena Grandes
Mensaje sin leerPublicado: Mié Sep 08, 2010 9:15 am 
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Registrado: Lun Oct 23, 2006 2:07 pm
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Al parecer ha publicado un nuevo libro, Inés y la alegría. Ya lo habeis leido? Yo supongo que hasta que no vaya a España por Navidad, ná de ná... pero después del corazón helado no me esperaba otro de la guerra, la verdad.


http://www.tusquetseditores.com/titulos ... la-alegria

SINOPSIS

Toulouse, verano de 1939. Carmen de Pedro, responsable en Francia de los diezmados comunistas españoles, se cruza con Jesús Monzón, un cargo menor del partido que, sin ella intuirlo, alberga un ambicioso plan. Unos años después, en 1944, Monzón, convertido en su pareja, ha organizado el grupo más disciplinado de la Resistencia contra la ocupación alemana, prepara la plataforma de la Unión Nacional Española y cuenta con un ejército de hombres dispuestos a invadir España. Entre ellos está Galán, que ha combatido en la Agrupación de Guerrilleros Españoles y que cree, como muchos otros en el otoño de 1944, que tras el desembarco aliado y la retirada de los alemanes, es posible establecer un gobierno republicano en Viella. No muy lejos de allí, Inés vive recluida y vigilada en casa de su hermano, delegado provincial de Falange en Lérida. Ha sufrido todas las calamidades desde que, sola en Madrid, apoyó la causa republicana durante la guerra, pero ahora, cuando oye a escondidas el anuncio de la operación Reconquista de España en Radio Pirenaica, Inés se arma de valor, y de secreta alegría, para dejar atrás los peores años de su vida.


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 Asunto: Re: Almudena Grandes
Mensaje sin leerPublicado: Mié Sep 08, 2010 9:16 am 
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Registrado: Sab Oct 21, 2006 9:08 am
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Ahora mismo voy derrapando a alguna web haber si lo encuentro y lo pido!!!!

O espero al circulo :think

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 Asunto: Re: Almudena Grandes
Mensaje sin leerPublicado: Mié Sep 08, 2010 10:46 am 
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Anda, si no tenía ni idea de que fuera a sacar nuevo libro...

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Los viejos sueños eran buenos sueños. No se cumplieron, pero me alegro de haberlos tenido.
(R.J.Waller)


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 Asunto: Re: Almudena Grandes
Mensaje sin leerPublicado: Jue Sep 09, 2010 2:09 pm 
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Registrado: Vie Nov 03, 2006 11:51 am
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Lo vi el otro dia en el CI, no sabia que era nuevo... :smiley


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 Asunto: Re: Almudena Grandes
Mensaje sin leerPublicado: Jue Sep 09, 2010 4:58 pm 

Registrado: Sab Oct 21, 2006 11:58 am
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Estoy hasta el gorro de tramas en la guerra civil, a veces me parece que he combatido en Brunete, leches :angry


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 Asunto: Re: Almudena Grandes
Mensaje sin leerPublicado: Jue Sep 09, 2010 5:07 pm 
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Registrado: Vie Nov 03, 2006 11:51 am
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:juas :juas :juas :juas :juas :juas :juas :juas :juas


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 Asunto: Re: Almudena Grandes
Mensaje sin leerPublicado: Jue Sep 09, 2010 8:06 pm 
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Registrado: Dom Oct 22, 2006 2:39 pm
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pues por lo visto forma parte de una "saga" de 6 libros que tiene pensado sacar sobre la guerra civil, ahi es nada


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 Asunto: Re: Almudena Grandes
Mensaje sin leerPublicado: Jue Sep 09, 2010 8:56 pm 

Registrado: Sab Oct 21, 2006 11:58 am
Mensajes: 2177
Pues creo que no voy a empezar ni el primero que luego toda saga se me hace de un cansssssinnno... y mira que me gusta cómo escribe esta señora!


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 Asunto: Re: Almudena Grandes
Mensaje sin leerPublicado: Jue Sep 09, 2010 9:01 pm 
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Registrado: Sab Oct 21, 2006 2:44 am
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A mí también me gusta mucho Almudena Grandes.. pero 6 libros sobre la Guerra Civil :think
Bueno, puede que a este le dé una oportunidad...

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(R.J.Waller)


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 Asunto: Re: Almudena Grandes
Mensaje sin leerPublicado: Jue Sep 09, 2010 9:10 pm 
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Registrado: Sab Ago 16, 2008 1:09 pm
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Ubicación: Perdida en mis sueños
Jope, me pasa como a vosotras, mira que me gusta cómo escribe Almudena Grandes pero tanta guerra civil me satura ya, y una serie de 6 libros sobre lo mismo... no gracias.

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Algunos momentos deberían ser eternos

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 Asunto: Re: Almudena Grandes
Mensaje sin leerPublicado: Vie Sep 10, 2010 9:01 am 
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Registrado: Sab Oct 21, 2006 9:08 am
Mensajes: 24678
Pues si, porque del corazón helado me gustaba la trama de la pareja prota pero todos los capítulos de la guerra civil, hasta que conseguí relacionarlos, me cansaban un poco... aún así y como dice un amigo "el recorrido valió la pena", lo intentaré como poco...

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 Asunto: Re: Almudena Grandes
Mensaje sin leerPublicado: Mar Sep 14, 2010 12:37 pm 
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Registrado: Mar Jul 28, 2009 8:25 pm
Mensajes: 18
¿Y qué esperabais de alguien que le metería unos tiros a los que no piensan como ella? Está en la línea del "intelectualismo" ramplón de la progresía que nos desgobierna y que se ha erigido como representante de la Moral con mayúscula. Ella y gente como ella son los herederos del totalitarismo guerracivilista e intransigente (menuda redundancia, perdón por ello), de ahí que se les haga el culo agua con el manido tema de la guerra civil, cuando vergüenza les debería dar (si fueran personas honestas, claro) hablar de ese tema. En fin, es lo que hay.

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Soy un hombre: un presunto culpable. Demostraré mi inocencia.


Última edición por Divergente el Mar Sep 14, 2010 1:35 pm, editado 1 vez en total

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 Asunto: Re: Almudena Grandes
Mensaje sin leerPublicado: Mar Sep 14, 2010 1:22 pm 
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Registrado: Dom Oct 22, 2006 2:39 pm
Mensajes: 4458
divergente iba a contastarte, pero esto es un post de literatura, creo que lo tú quieres es abrir uno en política.


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 Asunto: Re: Almudena Grandes
Mensaje sin leerPublicado: Mar Sep 14, 2010 1:34 pm 
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Registrado: Mar Jul 28, 2009 8:25 pm
Mensajes: 18
flowers escribió:
divergente iba a contastarte, pero esto es un post de literatura, creo que lo tú quieres es abrir uno en política.


No, no era mi intención, la verdad. Sólo comenté el hecho de que no me extraña que tantos libros vayan a tener como marco la guerra civil española. Pido perdón por ello y hago mutis por el foro, nunca mejor dicho. Adiós.

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 Asunto: Re: Almudena Grandes
Mensaje sin leerPublicado: Mar Feb 12, 2013 12:52 pm 
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Registrado: Lun Oct 23, 2006 2:07 pm
Mensajes: 727
Con lo que me gusta esta mujer... y lo abajo que tenemos su post!

Bueno, leido también hace unos meses el de El lector de Julio Verne. Como todo lo suyo, me emocionó.


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